La invasión Ôei, cuando Corea atacó a Japón.

Las relaciones entre Corea y Japón han sido tensas a lo largo de buena parte de la historia. Los puntos álgidos (al menos los más conocidos) en las malas relaciones entre estos dos países vecinos podrían situarse en las invasiones japonesas de la península coreana. Los dos primeros intentos de invasión fueron los lanzados por Hideyoshi, unificador y señor del Japón feudal, en la década de 1590, y la última, más efectiva y duradera, fue la anexión de Corea por parte del Japón Meiji en 1910, que terminaría en 1945, al ser derrotado el Imperio Nipón en la Segunda Guerra Mundial. Los que quizás son menos conocidos son los episodios en que los coreanos atacaron territorio japonés. El más importante de estos sería el conocido como invasión Ôei.

Desde el siglo XIII, Corea sufrió repetidos ataques de bandas de piratas procedentes de las islas niponas, en especial Kyushu y las situadas cerca del estrecho de Tsushima. Durante el periodo de las invasiones mongolas se produce un parón en las razias de estos bandidos, pero a partir de 1350 se vuelven a hacer frecuentes.

Estos grupos de asaltantes se conocen como Wako, que vendría a traducirse como bandidos del este. Una de las principales causas que parecen estar detrás de los asaltos de los wako, al menos en sus inicios, fueron los destrozos provocados por desastres naturales en sus lugares de origen. Esto se deduce del hecho de que una parte considerable de los ataques pirata registrados en las crónicas coreanas coinciden con años en que distintos desastres naturales habían afectado a Japón. Por otro lado, la impunidad de la que gozaban en Japón debido a la inestabilidad política y el escaso control por parte de las autoridades niponas facilitaba la proliferación de grupos wako, pues rara vez recibirían castigo por sus asaltos a Corea.

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Piratas wako llevando a cabo un asalto. Fuente: zhongguowuxue.

Una vez que los mongoles son expulsados de Corea, los ataques wako se volvieron uno de los principales problemas para las nuevas autoridades coreanas, pues algunos de ellos llegaban a penetrar tierra adentro. En una ocasión se acercaron incluso a Pyonyang. Pese a lograr detener varios asaltos y ejecutar a los piratas capturados, estos no amedrentaban por mucho tiempo, por lo que en pocos años se reanudaban los ataques.

La primera vía que probaron las autoridades coreanas para hacer frente a la piratería procedente de Japón fue la diplomática. En el año 1368 el rey de Corea envió una carta a Japón poniéndole al día de los ataques perpetrados por los piratas procedentes de territorio nipón y solicitándole que hiciera algo para detenerlos. No hubo respuesta ni parece que se llevaran a cabo acciones contra los piratas en sus lugares de origen. Esto puede deberse a desinterés por parte del shogun o por la inestabilidad interna, pues coincide con el periodo de las dos cortes, la del Norte y la del Sur.

Debido a esta falta de respuesta y la inacción de las autoridades niponas para solucionar el problema de los wako, los líderes coreanos decidieron tomar medidas punitivas por su cuenta. En el año 1389, el general Yi Seong-Gye, quien años después fundaría la dinastía Joseon, dirigió un primer ataque contra la isla de Tsushima, que servía de base para gran número de piratas. Según los textos, el ataque fue todo un éxito, fueron quemadas alrededor de 300 naves piratas y se liberó a un centenar de prisioneros coreanos. Acabada esta acción, las fuerzas coreanas volvieron a su tierra.

Pese a la contundente victoria del general Yi, parece que no se logró solucionar el problema de la piratería. Así pues, 30 años después, en 1419, se llevó a cabo la invasión Ôei. Esta acción fue mejor planeada que la anterior, pues querían poner fin a los asaltos wako de manera definitiva. El general Yi Jong-Mu dirigió una flota de 227 barcos y poco más de 17000 soldados. La estrategia inicial consistió en esperar a que una gran flota wako abandonase su base. En ese momento, las fuerzas coreanas caerían sobre la desprotegida base pirata y aguardarían al retorno de la flota wako.

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Pintura en que se escenifica uno de los combates de la invasión Ôei. Se conserva en el National War Memorial Museum de Seul. Fuente: history365days.

El ataque inicial fue un éxito, se logró tomar la bahía de Aso. Pese a ello, una vez desapareció el factor sorpresa, el señor feudal de la isla, Sô Sadamori, organizó una férrea resistencia a las fuerzas invasoras coreanas. Aun cuando los defensores nipones lograron algunas pequeñas victorias contra destacamentos coreanos, Sô vio que tenía pocas posibilidades de ganar por las armas o de recibir refuerzos desde otros territorios japoneses. Por ello, mostrando gran astucia, decidió negociar con el general Yi. El nipón advirtió al coreano sobre la proximidad de un tifón. El general Yi se dio cuenta entonces de que era necesario evacuar sus tropas antes de que el fenómeno natural pudiera causarle grandes pérdidas y se retiró.

El resultado de la invasión Ôie podría verse como una victoria tanto para los japoneses como para los coreanos. Los segundos lograron causar serios daños a los piratas wako y liberaron a un buen número de prisioneros coreanos y chinos. Por su parte, Sô había evitado que la isla cayera en manos de los invasores, por lo que él y su linaje seguirían siendo los señores de Tsushima y vasallos del poder central japonés. En cuanto a la piratería, Sô se comprometió a erradicarla. Por último, a la vez que Sô y Yi pactaban la evacuación de las fuerzas coreanas, se pactó también reabrir las rutas comerciales entre la isla de Tsushima y algunos puertos del sur de Corea. Estas rutas habían permanecido canceladas desde los intentos mongoles de invadir Japón desde Corea.

Así podemos concluir que la invasión Ôei, prácticamente el único ataque serio llevado a cabo por Corea contra territorios japoneses, tuvo unos resultados positivos para todos los implicados. El objetivo principal de los atacantes, acabar con la piratería, se logró cumplir. Por su parte, los japoneses defendieron exitosamente la isla. Además, se consiguió reabrir las rutas comerciales, de manera que muchos marinos que antes se dedicaron a la piratería, pudieron dedicarse al comercio y la navegación con objetivos más lícitos.

Por lo que respecta al poder central nipón, cuando llegaron a Kyoto las noticias del ataque coreano, se relacionó con las invasiones mongolas del siglo XIII. Una vez se supo de la retirada de los coreanos, y con el miedo a futuras tentativas de invasión, se decidió mantener una tímida relación diplomática con Corea. Esta diplomacia, junto con lo pactado entre Sô y Yi, permitió que las relaciones entre ambos países se mantuvieran cordiales durante las siguientes décadas.

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El templo que renace

A lo largo y ancho del archipiélago japonés podemos encontrar miles de templos y capillas. La gran mayoría son budistas, adscritos a alguna de las distintas corrientes budistas presentes en el país, o shintoistas, la, por así llamarla, religión propia nipona. Los hay para todos los gustos, desde enormes complejos como el Tôdai-ji, la mayor estructura de madera en todo el mundo, a pequeñas capillas, edificaciones suntuosamente decoradas, como Nikko, y capillas austeras con una decoración mínima.

Como es de esperar, todos ellos son lugares sagrados, pero el santuario más sagrado de todo el Japón es el de Ise. Curiosamente, no se trata de una edificación imponente y ricamente decorada, al contrario. Es una pequeña estructura de madera, con escasa decoración, que se encuentra en medio de una zona boscosa. Este pequeño templo está dedicado a la diosa Amaterasu, la divinidad solar y antepasada del linaje imperial de Japón.

La fundación de este templo se pierde en la protohistoria del archipiélago nipón. Según las crónicas más antiguas que se conservan, el Kojiki y el Nihonshoki, fue en tiempos del undécimo primer emperador, conocido con el nombre póstumo de Suinin, cuando se estableció este santuario. El citado emperador mandó a la mayor de sus hijas, Yamato-hime-no-mikoto, encontrar el lugar adecuado para establecer un templo permanente dedicado a Amaterasu. Después de una infructuosa búsqueda, la princesa recibió una visión de la divinidad solar indicándole el lugar idóneo para establecer el santuario.

Así fue como, por mandato divino, construyó el templo de Ise. La princesa Yamato-hime-no-mikoto fue nombrada primera suma sacerdotisa de Ise. Esto le permitió ayudar a su sobrino, el príncipe Yamato-Takeru, una suerte de Hercules nipón, en sus aventuras. A lo largo de la historia, gran cantidad de princesas imperiales han ocupado el cargo de suma sacerdotisa de Ise, lo cual no es de extrañar, dada la importancia del templo.

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Vista del edificio principal del santuario de Ise. Fuente: Divertinajes.

Una de las particularidades del santuario de Ise es el  Jingû Shikinen Sengû. Se trata de una serie de rituales que se llevan a cabo cada 20 años para deconstruir el templo y volver a construirlo exactamente igual, con materiales nuevos. Esto podría parecer un poco extraño dado que la madera utilizada, de ciprés japonés, permanece aún sin deterioro alguno pasado este ciclo de 20 años. El motivo es espiritual, pues para los japoneses es el tiempo que tarda la naturaleza en morir y renacer. Es por ello que es necesario un nuevo templo.

Dejando de lado lo mitológico y religioso, el ritual tiene un efecto práctico remarcable. La costumbre de desmontar el templo y construirlo exactamente igual parece que se lleva a cabo desde el año 692. Solamente se interrumpió durante el periodo de guerras conocido como Sengoku Jidai, en los siglos XV y XVI. Esto le ha permitido ser la única muestra de arquitectura del Japón antiguo, o incluso protohistoria, que ha llegado a nuestros días. Por ello es un elemento único para poder estudiar cómo se construía, al menos los edificios importantes, en el remoto pasado nipón. La última vez que se llevó a cabo el Jingû Shikinen Sengû fue en el año 2013, y hasta el 2033 no se volverá a repetir.

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Planos del edificio principal del Santuario de Ise. Fuente: Wikipedia.

Pese a la importancia del templo de Ise, aún hoy en día es escasamente conocido fuera de Japón. Se trata del principal centro de peregrinaje de los nipones, y posiblemente por ello han preferido no promocionarlo en el exterior. Pese a ello, cada vez más occidentales deciden adentrarse en los bosques sagrados que rodean el pequeño edificio de madera que sirve como lugar de culto a la diosa Amaterasu.

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Guerra rusojaponesa en el ocio: el caso de un juego de mesa de 1904.

Entre 1904 y 1905 transcurrió la guerra ruso-japonesa que fue foco de la atención de gran parte del mundo. Políticos, diplomáticos, militares y periodistas de muchas naciones siguieron con atención todo lo que ocurría en Manchuria y el Mar de Japón.

España no fue diferente en este sentido a países como Italia o Francia. Los medios de información de la época, básicamente medios escritos, llenaron innumerables páginas con todo tipo de información relacionada con la contienda o con alguno de los beligerantes. Pero al margen de la información que pudiera transmitir y su veracidad, también podemos encontrar curiosidades entre las hojas dedicadas a esta guerra.

En su ejemplar del 28 de abril de 1904, la revista ilustrada Alrededor del Mundo ponía al alcance de sus compradores un juego de mesa ambientado en el conflicto ruso-japonés. Se trataba de una página recortable que incluía el tablero de juego, las fichas y una rueda con flecha. El tablero era un mapa cuadriculado que comprendía Japón, Manchuria, Corea y los mares colindantes, donde además estaban señaladas las principales ciudades y puertos de estas regiones. Las fichas representaban las flotas y ejércitos de los dos países enfrentados. La rueda, por su parte, estaba dividida en seis porciones, cada una con un número que iba del 1 al 6.

En la misma página venían impresas las instrucciones del juego. Las fichas de cada uno de los bandos tienen su respectivo punto de inicio. Las de la flota rusa empiezan en Vladivostok, las de la flota japonesa en Nagasaki, las fichas del ejército ruso en Kirin y las del ejército japonés en Tokyo. El objetivo del jugador que lleva las fichas rusas es tomar Tokyo y el objetivo del que maneja las fichas japonesas es tomar Port Arthur.

En su turno, cada jugador puede mover una de sus fichas un número de cuadrados igual a la cantidad indicada por la flecha de la rueda tras haberla hecho girar. Este movimiento ha de ser siempre en línea recta. Se debe tener en cuenta que ninguna flota puede terminar sus movimientos en tierra firme y ningún ejército puede terminar sus movimientos en mar. Tampoco puede haber más de una ficha en un mismo cuadrante, salvo en las que hay una estrella, que representan un enclave importante. Si una de las fichas termina su movimiento en una casilla ocupada por una ficha rival, la captura. En caso de que uno de los bandos se quede sin fichas, pierde la partida.

Se pueden jugar varias partidas seguidas. El primer turno es para el jugador que maneja a los japoneses (por algo son los que declararon la guerra). Esta regla no se contempla para las siguientes partidas, en que empezará el jugador que ganase la anterior.

Como se puede observar, se trata de un juego de mesa con unas instrucciones bastante simples pero que a su vez puede suponer un buen entretenimiento para aquellos aficionados a los juegos de mesa de estrategia, como el Risk o el Stratego.

No podemos pasar por alto el hecho de que al margen de la situación real en la que se inspira este juego, la correlación de fuerzas de ambos jugadores es similar: 4 fichas de ejército y otras 4 de flota. Si bien el bando ruso tiene más posiciones importantes (5 frente a 2), el jugador del bando japonés es el que al empezar la partida tiene fichas más próximas a su objetivo. Vemos que es un juego igualmente equilibrado.

Se trata de uno de los primeros juegos ambientados en la guerra ruso-japonesa, pues no llevaban ni tres meses de enfrentamientos cuando se publicó el número de Alrededor del Mundo que incluía este pasatiempo. También debe ser de los pocos juegos ambientados en dicho conflicto, dado que desde la Primera Guerra Mundial (1914-19) y la Segunda Guerra Mundial (1939-45), la refriega entre rusos y japoneses ha quedado bastante en el olvido del gran público.

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Tablero, fichas y rueda del juego. Fuente: Hemeroteca digital. Biblioteca Nacional de España

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Contexto histórico y veracidad en “Silencio”, de Martin Scorcese

Recientemente se ha estrenado en los cines del mundo entero la última película del director Martin Scorsese. Dicha película está a su vez inspirada en una novela del escritor japonés Shūsaku Endō, Silencio.

Pese a que tanto la obra de  Scorsese como la de Endō tienen como principal motivo hacer una reflexión sobre la religión cristiana no se puede pasar por alto el poder de difusión y transmisión de ideas del cine. Por ello he creído que era necesaria una aclaración de los puntos que no son del todo históricamente correctos y añadir el pasado inmediato a los hechos narrados, pues así se pueden entender mejor sin tampoco afectar a la reflexión de Scorsese y Endō.

Tanto la película como la novela se centran en la historia de dos jesuitas que viajan a Japón para averiguar qué ha pasado con su mentor, ya que estaba destinado en dicho país y las últimas noticias indicaban que había apostatado. A lo largo del film se nos muestra el Japón de medianos del siglo XVII y la persecución sufrida por los cristianos nipones por parte de las autoridades. Varios de los personajes que vemos en Silencio son históricos, existieron y la narración no presenta muchas incoherencias con lo que conocemos de sus vidas.

La película en si nos muestra unos escenarios y vestuarios muy acordes con el contexto, algo que no siempre se cumple en films de este tipo. Pero desgraciadamente la película presenta algunas incoherencias con respecto a la realidad histórica en la que nos contextualiza la narración.

El primero de estos sería la presencia del Padre Visitador Valignano a finales de la década de 1630 y principios de 1640, espacio en que transcurre la historia. El dicho Padre fue un personaje de gran importancia en la historia del cristianismo en Japón, país por el que mostró mucho aprecio y sobre el que escribió algunos textos de gran valor. El inconveniente es que Valignano falleció en 1606, tres décadas antes del momento en que lo sitúa la narración de Silencio. 

El segundo problema que le encuentro en la narración es la insistencia en la pobreza y miseria de los japoneses cristianos. No sólo se nos muestra que son todos los cristianos muy pobres y desgraciados, sino que si nos fijamos, los nipones no cristianos se nos muestran más felices y menos pobres. En el Japón histórico al que nos traslada la narración, los campesinos, pescadores y demás miembros de la clase trabajadora eran en su gran mayoría pobres, fuese cual fuese su fe. A su vez, hemos de tener en cuenta que también hubo cristianos entre los miembros de las clases altas y entre los samuráis.

Otra incoherencia la encontramos al principio de la película, cuando se nos presenta a uno de los protagonistas como “el único japonés en Macao”. Desde finales del siglo XVI, el comercio exterior japonés había experimentado un notable crecimiento. Por todo extremo oriente, la presencia de comerciantes japoneses fue común. Incluso en algunos sitios, como por ejemplo Manila, se establecieron importantes colonias de población japonesa. Cuando las autoridades niponas decretaron el cierre de fronteras, muchos japoneses quedaron atrapados en el exterior. Es por ello que es poco probable que en Macao no hubiera más presencia nipona, aunque fuesen navegantes y comerciantes de paso.

Por último, pese a que se puede interpretar la narración como un tema de fe religiosa, hay un gran vacío a la hora de explicar qué hubo detrás de la prohibición del cristianismo y la persecución de los seguidores de dicha fe.

El Japón de medianos del siglo XVII es muy diferente a cómo fue durante el siglo XVI y el último tercio del XV. Entre 1467 y 1602, el archipiélago nipón se encontró en un estado de guerra permanente. Ante la falta de una autoridad central fuerte, cientos de señores feudales se lanzaron unos contra otros. Durante décadas, ningún señor feudal (Daimyo) logró alzarse sobre los demás.

Y en medio este periodo de infinitas guerras, llegaron al archipiélago los primeros comerciantes europeos. En 1543, tres mercaderes portugueses naufragaron en la isla de Tanegashima y en pocos años ya fue habitual ver comerciantes y predicadores europeos en el sur de Japón. Durante la segunda mitad del siglo XVI, más de 500 jesuitas arribaron a las costas niponas y predicaron el evangelio católico. Sus esfuerzos se vieron recompensados con numerosas conversiones y bautizos, tanto gente de clase baja como señores feudales aceptaron, con mayor o menor sinceridad, la fe católica. Hay que tener en cuenta que un señor feudal que aceptase la fe y el consejo de los Padres jesuitas podía ver aumentar su comercio con los europeos, algo que reportaba pingües beneficios.

Durante el tiempo en que los jesuitas predicaron su fe en Japón, un pequeño señor feudal, Oda Nobunaga, iniciaba su ascenso al poder. Oda se mostró siempre amigable con los cristianos mientras que arrasaba los principales templos budistas y aniquilaba a sus monjes guerreros. Esto se puede entender debido a que algunos templos budistas habían acumulado poder y riqueza, mientras que los cristianos no eran aún una amenaza.

Muy diferente fue la visión de los sucesores de Oda. Hideyoshi fue el primero en prohibir el cristianismo, pues vio un peligro de intervención extranjera con apoyo de los conversos japoneses. Con la llegada de Ieyasu Tokugawa al poder supremo en Japón, el cristianismo tuvo un último, y breve, momento de paz en los territorios nipones.

Los Tokugawa deseaban conservar la paz y la estabilidad en Japón e identificaron la religión cristiana como un posible foco de inestabilidad. La llegada de mercaderes holandeses e ingleses también influyó en la decisión de prohibir el cristianismo. Tanto portugueses como españoles vinculaban el comercio con la predicación, pero los holandeses e ingleses no. Así pues, el cristianismo ya no aportaba nada útil a las autoridades niponas y podía ser prohibido sin que supusiera el fin del comercio con Europa.

A ello hay que sumar un hecho que es nombrado en Silencio. En 1637 tuvo lugar la rebelión de Shimabara. Si bien parece que detrás de dicha revuelta, protagonizada mayormente por campesinos, se haya el trato abusivo de las autoridades locales, se dio el caso de que muchos de los insurgentes eran cristianos. Esto sirvió para convencer a las autoridades de que el cristianismo podía ser una fuente de tensiones y problemas. Por todo ello, se decidió perseguir y erradicar el cristianismo en los territorios donde la autoridad de los Tokugawa podía llegar. Es esta persecución del cristianismo la que podemos ver en Silencio.

Pese a que tanto la obra de  Scorsese como la de Endō tienen como principal motivo hacer una reflexión sobre la religión cristiana no se puede pasar por alto el poder de difusión y transmisión de ideas del cine. Por ello he creído que era necesaria una aclaración de los puntos que no son del todo históricamente correctos y añadir el pasado inmediato a los hechos narrados, pues así se pueden entender mejor sin tampoco afectar a la reflexión de Scorsese y Endō.

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(Casi)Magnicidio en Otsu

El 11 de mayo de 1891, en Otsu, ciudad situada a orillas del lago Biwa (el más grande de Japón) y a 25 kilómetros de Kyoto, sucedió un nuevo ataque por parte de un japonés contra un extranjero. No era el primer incidente de estas características que ocurría desde la apertura de Japón al comercio internacional en 1854. Pero este fue diferente, pues la victima del ataque fue el zarevich Nicolas, futuro zar de Rusia.

Después de dos siglos de políticas aislacionistas, en 1854 las autoridades niponas se vieron obligadas a firmar el tratado de Kanagawa con Estados Unidos. Fue el primero de los tratados desiguales, al que pronto se sumarían los pactos con otros países occidentales como Inglaterra o Rusia. Estos tratados establecían puertos en los que los buques extranjeros podían atracar e introducir sus mercancías, con unos aranceles pactados muy favorables. Se permitía, además, la entrada de extranjeros en Japón, quienes gozaban de extraterritorialidad, de manera que cualquier delito que cometieran en territorio japonés no podía ser juzgado por las leyes ni jurados del país.

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Copia del tratado de Kanagawa. Fuente: Wikipedia.

Durante las décadas siguientes, uno de los objetivos principales en política exterior de los diferentes gobiernos nipones fue el de derogar estos tratados. Además de suponer una seria desventaja para el comercio internacional, también provocaban tensiones internas, dada la impunidad con la que los extranjeros podían actuar en Japón. Hubo japoneses que los consideraron humillantes, llegando producirse varios ataques contra extranjeros, como el asesinato del interprete norteamericano Henry Heusken en el año 1861.

Cabe señalar que en numerosas ocasiones los comerciantes y diplomáticos extranjeros llegaron a mostrar actitudes muy despectivas frente a las costumbres niponas. Este fue el caso de Charles Richardson, un comerciante inglés que se interpuso ante el séquito del señor feudal de Satsuma con actitud desafiante. Furiosos por el desaire, los siervos del noble nipón atacaron a Richarson, acabando son su vida. Las consecuencias no se hicieron esperar, una flota británica bombardeó la ciudad de Kagoshima, capital del feudo de Satsuma.

Así pues, en el año 1891 llegó a Japón el heredero al trono de Rusia, Nicolas, esta visita al archipiélago nipón era parte de un viaje que había iniciado el año anterior. Por entonces, el heredero real tenía 22 años, pero había pasado su vida en la corte. Por ello su padre, el zar Alejandro III, le organizó un viaje con estancias en Egipto, la India y Japón, para que viera el mundo más allá de San Petersburgo.

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El zarevich Nicolas, futuro Nicolas II, en Nagasaki, siendo transportado en rickshaw.          Fuente: Wikipedia

El 11 de Mayo, Nicolas había ido a visitar el lago Biwa. Fue en el trayecto de vuelta a Kyoto cuando, en la ciudad de Otsu, un policía japonés asignado a su guardia le atacó con un sable. Un primer golpe acertó en el rostro del zarevich, pero los presentes lograron evitar que el atacante pudiera efectuar un segundo golpe. El agresor, viendo que era imposible llevar a cabo el magnicidio, intentó huir. Los conductores del rickshaw (vehículo de tracción humana típico de Japón) que fueron testigos del suceso, lograron atrapar al delincuente.

Nicolas fue trasladado de inmediato al palacio imperial de Kyoto. Luego, ante la desconfianza y el temor de que cualquier otro japonés intentara atacarle, se embarcó en un buque ruso que se encontraba en Kobe. El incidente fue un enorme susto, no sólo para Nicolas, que vio su vida peligrar, sino para las autoridades niponas. En el año 1891, Japón seguía viéndose incapaz de hacer frente a ninguna potencia extranjera, de hecho, aún  no poseía la confianza en sus fuerzas, que adquirió pocos años después al derrotar a China. El gobierno japonés temía que Rusia, vista por entonces como la gran potencia terrestre, pudiera usar este incidente como pretexto para declarar la guerra o exigir compensaciones. Es por ello que, para intentar rebajar la tensión, el emperador japonés, Meiji, fue personalmente a visitar a Nicolas en el buque ruso en el que se encontraba recuperándose del ataque, pese a que sus asesores se lo desaconsejaban.

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Representación pictórica del incidente de Otsu. Fuente: http://www.tanken.com/otujiken4.jpg

Por suerte para los japoneses, el incidente no fue a más y las autoridades rusas se vieron satisfechas con el juicio llevado a cabo contra el agresor de Nicolas. Con todo, los motivos exactos por los que el policía atacó al zarevich no fueron esclarecidos, siendo aún hoy en día un misterio. Tampoco se ha podido averiguar hasta qué punto pudo afectar al futuro zar el atentado con lo que respecta a su imagen de los japoneses. Esto último es un punto importante a tener en cuenta, pues podría haber tenido un cierto peso en las políticas llevadas a cabo por Rusia en Extremo Oriente y el rumbo que siguió la diplomacia rusa con Japón antes de que estallase la guerra entre ambos países en el año 1904.

En la actualidad, hay una señal que indica el lugar donde sucedió el intento de magnicidio. Pese a haber sido un incidente sin grandes consecuencias, se han llevado a cabo varios estudios e investigaciones para intentar aclarar los aspectos más misteriosos del suceso. Este suceso también ha llegado a la cultura popular a través de un manga que narra de manera ilustrada el intento de magnicidio contra Nicolas.

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El tren del progreso

Japón es actualmente conocido como uno de los principales centros de producción de tecnología punta del mundo. A parte de lo relacionado con la robotica y los ordenadores, uno de los elementos más destacables es el ferrocarril. Se trata de un invento europeo, pero Japón lo adoptó y se esmeró en mejorarlo.

El mundo experimentó enormes cambios a lo largo del siglo XIX. Esto se debe sobretodo a la expansión global de varios países occidentales, que ampliaron su presencia en África y Asia. Allá dónde llegaban los europeos y estadounidenses difundían su técnica y su ciencia. Por ejemplo, uno de los elementos más importantes que llevaban consigo fue el ferrocarril, el cual era considerado uno de los grandes símbolos del progreso. No solamente se trataba de una tecnología avanzada, sino que permitía un mejor desarrollo económico e industrial, pues era un sistema de transporte de materias y personas eficaz y económico.

Las potencias europeas, allá donde extendían su influencia, procuraban que se construyeran lineas ferroviarias. Así es como llegó el ferrocarril a países como Egipto y la India, de manos de los ingleses, o a varias regiones del sur-este asiático, gracias a los franceses. En estos sitios, el ferrocarril era visto más como un elemento de explotación que no de modernidad. Los anti-imperialistas de las regiones explotadas por alguna potencia occidental no tardaron en denunciar al ferrocarril como un elemento nocivo para la economía local; pues este servía especialmente a los intereses de los extranjeros, quienes lo usaban para extraer los recursos y llevárselos a la metropolis.

El caso de Japón fue diferente. Mientras que otros países y regiones de Asia y África la instalación de redes ferroviarias fue principalmente iniciativa europea, en Japón fue el propio gobierno quien tomó la iniciativa. Así pues, en 1869 el recién instaurado gobierno Meiji decidió establecer la primera línea férrea en el archipiélago y en el año 1872 se inauguró. Para ello el gobierno nipón solicitó ayuda económica y técnica a los británicos. Se trataba de un recorrido de 30 kilómetros y unía Tokyo con Yokohama, donde se encontraba el principal puerto de la región. El trayecto se cubría en aproximadamente 50 minutos e, inicialmente, había 9 viajes diarios en cada sentido. El año siguiente de su inauguración, se calcula que esta línea tenía un promedio de 4347 usuarios al día.

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Ukiyo-e en que se representa la estación de Shimbashi, en Tokyo. Autor: Utagawa Hiroshige III. Fuente: Wikipedia.

De los 30 kilómetros de línea férrea del año 1872, se pasó a más de 120 kilómetros en el año 1880. En el año 1874 se inauguró la línea que unía Osaka y Kobe; y dos años después, en 1876, Kyoto quedaba unida por ferrocarril a Osaka. En el año 1889 se inauguraba la línea Tokaido, que une Tokyo con Kyoto y Osaka. Así pues, en pocos años, la gran mayoría de las principales ciudades del archipiélago estaban conectadas por líneas de ferrocarril, así como los grandes puertos y centros industriales y mineros. Ejemplo de esto último sería la línea que unía Sapporo con las minas de carbón de Hokkaido.

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Ukiyo-e en que se plasma el puerto de Yokohama. A parte de los distintos buques extranjeros, vemos en primer plano un ferrocarril. Autor: Utagawa Hiroshige III. Fuente: Wikipedia.

Inicialmente, Japón fue dependiente de las inversiones y de la ayuda técnica procedente de Gran Bretaña para la creación y puesta en marcha de las líneas férreas, pero a partir de 1880 esta dependencia empezó a ser cada vez menor. Esto se debió a las políticas económicas que el gobierno nipón puso en marcha para reducir la dependencia del exterior. Estas permitieron que surgiera un capital privado japonés dispuesto a invertir en la construcción de más líneas de ferrocarril, a lo que se acabaría sumando también el propio estado japonés a través de una compañía estatal de ferrocarriles.

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En este ukiyo-e podemos ver el contraste entre el tren y un buque a vapor con varios medios de transporte tradicionales, como las embarcaciones a remo y los carros de tracción animal. Fuente: tokyosanpo24.

A lo largo del periodo Meiji (1868-1912), Japón llevó a cabo su modernización. Especialmente durante las primeras décadas de este periodo, hubo una gran admiración por occidente, su técnica y su ciencia; especialmente por parte de las clases altas y pudientes. Algunos de los principales dirigentes del Japón Meiji creían que era necesario imitar en lo máximo posible las potencias europeas, y veían el ferrocarril como una tecnología puntera. Debido a ello, no sólo fue un avance técnico para el país, sino que se volvió un elemento de prestigio. Es por ello que en muchas de las pinturas japonesas de la época se puede apreciar la presencia del ferrocarril, ya que era un elemento del que se sentían especialmente orgullosos.

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Ferrocarril sobre el río Tsurumi. En este ukiyo-e se puede apreciar el contraste entre el ferrocarril, elemento moderno, con varios medios de transporte tradicionales. Autor: Sandye Hiroshige. Fuente: Biblioteca de Kawasaki.

Gracias a las iniciativas y decisiones acertadas de los japoneses, el ferrocarril en su país sirvió a los intereses de Japón más que a los intereses extranjeros. Desde buen principio se vio que el ferrocarril era algo en lo que valía la pena invertir, pues acababa reportando grandes beneficios económicos y, al mejorar las comunicaciones y el transporte, también incentivaba la industria propia. Además del uso civil e industrial del ferrocarril, a partir del año 1894, cuando Japón inicia su primer conflicto con China, quedó claro que también era un elemento importante para el esfuerzo de guerra.

En la actualidad, a lo largo y ancho de Japón sigue teniendo una enorme presencia el ferrocarril, siendo uno de los principales medios de transporte. Especialmente famosos son los trenes de alta velocidad nipones, conocidos como shinkansen, que se encuentran entre los más avanzados y modernos del mundo debido a sus constantes mejoras y la investigación en el campo ferroviario.

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Vista del monte Fuji. En primer plano podemos ver un tren shinkansen. Fuente: Wikipedia.

Resumiendo, en Japón, la llegada del ferrocarril se debió sobretodo a la iniciativa propia. Fue el gobierno nipón quien, con ayuda de los británicos, empezó a establecer las primeras líneas de ferrocarril, a lo que con los años se sumarían varias iniciativas privadas. La relativamente escasa intervención extranjera en la creación de las lineas ferroviarias permitió que los beneficios fuesen principalmente para los inversores japoneses y su gobierno. A su vez, debido a la obsesión nipona de ser vistos como un país moderno y avanzado, el ferrocarril fue adoptado como uno de los principales símbolos de modernidad técnica y prestigio. Esto último parece haber llegado a nuestros días, pues Japón es uno de los países con mejor red y servicio ferroviario del mundo debido a las constantes mejoras que aplican a este medio de transporte.

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Los primeros alfareros

A lo largo de la historia y la protohistoria se han producido algunos hitos de gran importancia que marcaron un antes y un después en la vida de los seres humanos. Uno de ellos fue la creación y uso de la cerámica.

Si bien hoy en día su uso ha quedado reducido por otros materiales con mejores cualidades, el descubrimiento de la cerámica abrió un abanico de nuevas posibilidades a los grupos humanos que aprendieron alguna de las técnicas para poder fabricar objetos de dicho material.

Uno de los primeros sitios (y quizás el primero) donde se fabricó utensilios de cerámica fue en el archipiélago japonés. Allí encontramos cerámica de aproximadamente 12700 años de antigüedad, varios milenios antes de las piezas de cerámica más antiguas encontradas en Mesopotamia. Se trata de cerámica decorada con impresiones resultantes de presionar cuerda en la superficie del objeto, por lo que es conocida como Jomon, que se traduce literalmente como “marca de cuerda”. Tal es la importancia del descubrimiento de esta cerámica, que marca el inicio y da nombre a un largo periodo de la prehistoria nipona: el periodo Jomon. Éste abarca aproximadamente desde principios del XIIIº milenio a.C. hasta el siglo III a.C., momento en que se introduce una nueva técnica revolucionaria en el archipiélago japonés: la agricultura.

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Vasija profunda, se puede apreciar las marcas de las cuerdas en su superficie. Fuente: Encyclopaedia Britannica.

La técnica utilizada para la fabricación de cerámica en el Japón del periodo Jomon es rudimentaria, basada en la cocción al aire libre, sin hornos cerrados. Esta, además de la decoración que se le aplicase, podía presentar distintos colores dependiendo del material utilizado en su fabricación. La diversidad geológica de las islas japonesas permitía que la cerámica variase su composición, y por lo tanto su color, dependiendo la región en la que había sido fabricada o sus materiales extraídos.

Los hallazgos arqueológicos han atestiguado una gran variedad de objetos de distintos usos fabricados con cerámica a lo largo del periodo Jomon. También se puede reconocer que los motivos decorativos evolucionan y se producen distintas corrientes artísticas. Si en los restos y piezas más antiguos encontrados que los patrones decorativos eran bastante homogéneos, a medida que avanza el tiempo se van diversificando, generando una gran variedad de piezas distintas. Esto nos permite además detectar tendencias y modas y cómo estas se expanden de su región de origen hacia otras áreas y, al contrario, vemos cómo otros estilos caen en desuso frente a otros más en boga. Tal hecho nos sirve también para reconocer que había un fuerte contacto entre comunidades y regiones ya en periodos bastante tempranos.

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Vaso decorado con motivos flamígeros. Datado en el III milenio a.C. Fuente: Wikipedia.

No podemos pasar por alto que la técnica de decorar la cerámica con la impresión de cuerdas no es algo exclusivo de Japón. En China, Corea y otras regiones del extremo oriente también se desarrolló dicha técnica decorativa, si bien parece que fue en periodos más tardíos, como por ejemplo en Corea, que aparece este estilo hace sólo unos 6000 años.

La utilidad de la cerámica está bastante clara: se usaba para la conservación, preparación y consumo de alimentos. Esto queda atestiguado por la gran cantidad de platos, ollas y vasos encontrados. Debemos suponer que el inicio de la fabricación de contenedores de cerámica resultó en una mejora en la alimentación de los nipones, pues ahora podían preservar la comida recolectada, cocinarla y comerla en mejores condiciones. Permitía, por ejemplo, hervir los alimentos, lo que podía anular las toxinas de algunos frutos secos como las bellotas o las castañas de Indias, permitiendo una dieta más diversa. De hecho, la gran diversidad de formas y tamaños de este tipo de piezas cerámicas sugieren una gran variedad de hábitos y métodos alimenticios. Por ejemplo, la aparición de boles de tamaño más reducido sugiere una racionalización individualizada de la comida.

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Arqueología experimental: Cocinando como se cree que hacían los japoneses prehistóricos. Fuente: Museo Jomon de Korekawa.

Además de para alimentarse, la cerámica Jomon también cumplía una función decorativa. Esto no sólo queda demostrado por la gran variedad de motivos y estilos decorativos de las piezas como ollas, vasos y vasijas, sino por la aparición de piezas y figuras cuya utilidad podía ser decorativa, o incluso ritual, pero no servía para el consumo de alimentos. En este sentido encontramos gran cantidad de figuras antropomórficas, zoomorfas y fitomorfas. De hecho, a diferencia de otras culturas alfareras, los prehistóricos japoneses disponen de un gran dinamismo que les permitía adaptarse y no quedar anclados en una tradición conservadora, algo que se atestigua en la gran variedad de motivos y estilos decorativos que se van desarrollando a lo largo del dilatado periodo Jomon.

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Dogu, figura antropomórfica característica del periodo Jomon. Datado alrededor del milenio I a.C. Fuente: Wikipedia.

Por último, una peculiaridad del pueblo Jomon es que se trata, al parecer, del único pueblo cazador-recolector que fabricó cerámica, algo más propio de los pueblos sedentarios que ya han desarrollado la agricultura. Esto se debe a que por norma general estos grupos de población tienden a llevar un estilo de vida nómada, desplazándose cada poco tiempo en búsqueda de alimentos, o persiguiéndolos. En este estilo de vida no hay lugar para utensilios pesados y delicados como las piezas de cerámica. Pero el Japón del periodo Jomon parece haber sido tan exuberante que sus habitantes podían establecerse de manera sedentaria y dar buena cuenta de los recursos a su disposición sin que estos se agotasen en poco tiempo.

En resumidas cuentas, el pueblo japonés desarrolló en una fecha muy temprana la cerámica. Esto se pudo deber a que pese a ser un pueblo cazador-recolector, disponía de un medio ambiente altamente productivo y fértil, de manera que los recursos tardaban generaciones en agotarse. Con la cerámica mejoraron su dieta y alimentación, lo que queda demostrado, entre otros, por alcanzar unas cuotas de población muy elevadas para poblaciones prehistóricas y cazadores-recolectores. Los hallazgos nos permiten también observar el desarrollo cultural de dicho pueblo, cómo evolucionan, se expanden y contraen las modas y estilos, quedando claro que se trataba de un pueblo culturalmente rico y demostrando de paso la conexión entre distintas poblaciones.

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La jubilación imperial

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El emperador Akihito y la emperatriz Michiko. Fuente: Japan Bullet.

En el día 8 de agosto de 2016, varios medios de comunicación se han hecho eco de un curioso suceso. Akihito, el 125º y actual emperador de Japón, ha expresado su deseo de abdicar del cargo. De cumplirse su voluntad, que hace tan solo 71 años hubiera sido considerada divina, Japón se encontraría con dos emperadores simultáneos: uno abdicado y el otro su sucesor en el trono. Un hecho similar causó cierto revuelto en España hace un par de años cuando el rey Juan Carlos I anunció su abdicación a favor del actual Felipe VI. ¿Pero es tan extraña en la historia de Japón esta situación?

En Europa estamos acostumbrados a ver a los reyes y emperadores morir en el trono, ya sea por causas naturales, como la vejez y la enfermedad, o por causas menos naturales como un complot, un derrocamiento o en combate. Pero en Japón la cosa es un poco diferente, y no sólo por disponer de la dinastía reinante más antigua del mundo. A lo largo de la historia nipona se ha dado en muchas ocasiones que un emperador diera paso a su sucesor aun en vida, si bien las circunstancias podían variar de caso en caso.

Echando una mirada al pasado remoto de Japón, vemos como la emperatriz Jitô, lejana antepasada de Akihito, inauguró en el año 697 d.C una peculiar costumbre de la dinastía nipona: se convirtió en emperatriz enclaustrada. Esto se traduce en que un emperador abdica del trono y coloca un títere, un sucesor fácil de controlar. De esta manera el emperador enclaustrado se retiraba, normalmente a un monasterio o palacete, para poder dirigir los asuntos de estado apartado de las intrigas cortesanas.

Esta practica se volvió habitual, dando paso a gran cantidad de situaciones que en Europa podrían parecernos bien extrañas, dado el hábito de los monarcas europeos de fallecer en el trono. A modo de ejemplo, podemos encontrarnos en la historia nipona situaciones en que un emperador o emperatriz va entronando a sus distintos hijos y nietos según le viniese bien.

Podía darse el caso, y se dio, de que un emperador títere decidiera hacer su voluntad y enfrentarse a su enclaustrado antecesor. ¿A quien debían obedecer entonces los súbditos del trono? En tal caso, generalmente el enclaustrado tenía bastante por las riendas el poder, así que la respuesta es bastante fácil, se deponía al sucesor rebelde y se entronaba a otro títere.

Vamos un paso más allá, ¿qué pasaba si un emperador enclaustrado moría y quedaban vivos varios emperadores depuestos queriendo tomar las riendas del poder? En este caso sí se llegaron a dar autenticas conspiraciones y luchas palaciegas para ver cuál de ellos ganaba la lucha por el poder.

Pero podemos encontrar una situación más curiosa aún. El período de la historia nipona comprendido entre los años 1336 y 1392 se conoce como la “Era de las Cortes del Norte y del Sur”. Tal como anuncia el nombre de esta época, nos encontramos a dos cortes con sus dos emperadores entronados luchando por la legitimidad de su línea de sucesión. Cabe señalar que una de las cortes la establece el emperador Go-Daigo, quien dirigió una trama para derrocar al shogunato Kamakura y restablecer el gobierno imperial. La otra corte fue establecida por el shogun Ashikaga Takauji, fundador del shogunato Ashikaga, quien se había hecho con el poder de facto en Japón al caer la anterior dinastía shogunal. Esta lucha terminó cuando los descendientes de Go-Daigo vieron menguar su influencia y llegaron a un acuerdo con la corte títere de los shogunes Ashikaga.

Con el establecimiento de los diferentes shogunatos, el poder ya no se encontraba en manos del emperador, por lo que ni el emperador en el trono ni el emperador abdicado tenían demasiado poder. Curiosamente los propios shogunes y sus regentes llevaron también a la practica el enclaustrarse y el gobernar desde las sombras a través de un títere.

En la actualidad la constitución japonesa establece que un emperador, aunque no sea quien gobierna de facto, debe morir en el trono. Vemos que igualmente con la constitución Meiji, promulgada en el año 1889 y en vigor hasta 1947, los emperadores morían en su cargo, como les pasó al abuelo y al bisabuelo de Akihito.

Como se ha expuesto, en Japón no es nada nuevo que un emperador abdique y deje el trono aún con vida, aunque al resto del mundo nos parezca un hecho curioso. A diferencia de muchos de sus antecesores, en el caso de Akihito no sería para dirigir el país desde un retirado templo. Tal como él mismo reconoce, a sus 82 años se ve mayor para seguir cumpliendo con las obligaciones que conlleva su cargo de emperador. En caso de cumplirse su voluntad, lo cual conllevaría cambiar la constitución para así permitirlo, será su hijo Naruhito quien ascenderá al trono del crisantemo.

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Las guerras emishi y los samurais

Cuando se piensa en el Japón ancestral, histórico y tradicional, una de las figuras que más se repiten en el imaginario popular es la del guerrero samurai, ataviado con su llamativa armadura, su casco ornamentado y la katana lista para escribir con sangre una nueva batalla.

La figura del samurai es una de las más estudias dentro de la historia de Japón, de hecho es un elemento central dentro de la historiografía oficial. Pero al igual que propia historia nipona, sus orígenes aún se encuentran un poco difusos en las brumosas nieblas del pasado remoto del archipiélago japonés.

Curiosamente, se suele relacionar al samurai con la katana, un sable curvo, ligero y afilado. Por contra, durante sus primeros siglos de existencia, estos míticos guerreros solían dar más uso al arco japonés, un arco de gran tamaño, mientras cabalgaban sus caballos, de tamaño más reducido que el equino europeo. Pero, ¿Cómo es que los samurais ancestrales optaron por un estilo de combate como el tiro con arco a caballo dentro de las posibles opciones? La respuesta a esta pregunta la podemos encontrar en un episodio de la historia del archipiélago nipón conocido como las guerras emishi.

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Representación de un samurai con su equipamiento tradicional: arco, katana, caballo y una armadura especialmente diseñada contra flechas.

El embrión del estado japonés lo podemos encontrar en la región de Kinki, donde situamos las primeras capitales niponas, como Nara o Kyoto. Desde allí la Corte Imperial gestionaba los territorios bajo su control. En un principio, dichos dominios se extendían desde la Kinki hacía el oeste. Las tierras situadas al oeste fueron colonizadas a lo largo de varios siglos hasta llegar a la llanura de Kanto, donde situamos la actual Tokyo. El avance del dominio de la Corte Japonesa hasta entonces encontró pocas resistencias. Fue durante la conquista de la parte nordeste de Japón cuando surgió una enconada resistencia de la población local.

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Mapa de Japón. En verde oscuro los territorios que ocupaban los emishi en Honshu.

La región de Tohoku, que corresponde a los territorios más al norte de Kanto, estaba habitada por un pueblo conocido como emishi, generalmente referidos como hombres peludos. Se trataba de unas gentes muy diferentes a las de Kinki y del oeste de las islas. Tenían una cultura e idioma propios. Además, la arqueología nos ha permitido confirmar que ambos pueblos eran diferentes físicamente, siendo los emishi más bajos y anchos que los japoneses de Kinki, de los que descienden la mayoría de los japoneses actuales.

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Representación de un guerrero emishi.

La expansión hacia el norte se llevó a cabo mediante el envío de colonos y grupos de soldados. En ocasiones, los emishi se mostraban colaboradores y se sometían voluntariamente a los recién llegados, pero en otras se negaban a subyugarse y mucho menos a pagar los impuestos que se les exigía. Las tensiones dieron lugar a lo que en la historiografía nipona se conoce como la guerra de los 38 años, entre el 774 y el 812. Durante este tiempo la corte mandó varias expediciones punitivas contra los grupos de emishi “salvajes” que atacaban a los colonos y se negaban a someterse.

Esta guerra supuso un choque de dos modelos distintos de ejército. La corte envió un gran número de tropas, compuestas principalmente por levas de infantería, equipada con arco, lanza, espada y escudo. Este modelo de ejército y táctica militar había sido copiada, como otras tantas cosas, de China. Por su lado, los emishi eran diestros en el uso de tácticas de guerrilla, ataques sorpresa y huidas. Para ello se valían principalmente del arco, el caballo y la espada curva, estilo que recuerda mucho a los guerreros de las estepas asiáticas.

La guerra inicialmente fue mal para las tropas enviadas por la corte. Los emishi eran capaces de atacar por sorpresa y retirarse antes de que se organizase una resistencia eficaz. También atacaban las líneas de suministros, lo cual suponía golpes muy duros para los contingentes que se encontraban en territorio hostil y desconocido. Se empezó a poner en duda la eficacia del modelo de ejército adoptado de los chinos.

La Corte Imperial vio como el sistema de levas de infantería suponía un fuerte gasto y sus resultados no eran satisfactorios en el conflicto que se libraba contra los emishi. A su vez, la amenaza de una invasión desde el continente era cada vez menor, y por lo tanto las guarniciones de levas en el sur perdían su razón de ser. Por ello se procedió a la supresión del sistema de levas. El vacío que estas dejaban se cubriría con guerreros mercenarios profesionales, procedentes de baja nobleza, que esperaban poder hacer fortuna por las armas.

La guerra de los 38 años tocó a su fin cuando la corte mandó un nuevo general al frente, Sakanoue no Tamuramaro. Para lograr la victoria, decidió combatir a los emishi emulando sus tácticas y su equipamiento. Dejó de usar las levas de las que aún disponía y empezó a combatir con grupos reducidos de guerreros profesionales equipados y entrenados como sus enemigos. Este cambio resultó eficaz y los guerreros que combatían en nombre de la corte lograron someter finalmente a los emishi que se oponían a formar parte del creciente estado nipón.

El resultado final del conflicto no fue solamente el sometimiento de nuevas tierras y poblaciones al poder de la corte, recientemente establecida en la actual Kyoto. Debido a su eficacia, las tropas japonesas, a partir de entonces, estuvieron formadas por contingentes de guerreros mercenarios equipados con arco, espada curva y armadura ligera, montados a caballo. Este sería el modelo de guerrero que predominaría en Japón al menos hasta el siglo XVI, momento en el que curiosamente se vuelve al modelo de grandes contingentes de infantería. Cabe señalar que se exigía que aquellos que quisieran formar parte de la nueva tropa aportaran su caballo, por lo que sólo aquellos que tuvieran un cierto nivel de riqueza podían ingresar.

En resumen, las guerras emishi suponen un importante punto de inflexión en la evolución militar de las islas niponas. Se pone entredicho el modelo militar chino y se acaba adoptando el modelo de combate de los emishi, que es visto como más eficaz, y que a su vez tiene importantes similitudes con los guerreros de las estepas asiáticas. Sería este tipo de combate, el de arqueros a caballo, el que aplicarían los primeros samurais en sus guerras.

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El comercio exterior en el periodo Tokugawa

Una de las características que se atribuye al Japón del periodo Tokugawa (1603-1868) es el cierre de fronteras, que pretendía aislar el país del resto del mundo. Esta política aislacionista se conoce con el nombre de Sakoku, literalmente país encadenado, y consistía en una serie de decretos que prohibían las relaciones exteriores. Quedaba prohibido que atracaran barcos extranjeros en los puertos de Japón (salvo contadas excepciones) y que desembarcarán forasteros y se prohibía a los japoneses abandonar las islas niponas. El objetivo que perseguían los gobernantes de Japón era evitar que cualquier influencia extranjera pudiera causar inestabilidad interna.

Pese a haberse establecido esta política aislacionista, tampoco fue tan rígida como en un principio se pretendía que fuese, e incluso como se nos suele presentar aún hoy en día. Si bien es cierto que se cortó oficialmente el contacto con el exterior, aún había algunas lineas de contacto entre Japón y el mundo exterior.

Durante los siglos previos al periodo Tokugawa, los japoneses habían practicado intercambios comerciales con sus vecinos. Por ejemplo. a través del estrecho de Tsushima se practicaba el comercio con Corea. Este comercio estaba controlado y regulado por el clan Sô, de la isla Tsushima. Fue una ruta comercial relativamente estable, pero debido a las actividades de los piratas Wako, Corea llegó a prohibir los intercambios con japoneses en varias ocasiones.

También hubo comercio con China, de forma que los junkos (un tipo de embarcación china) chinos atracaban en los puertos del sur de Japón y a su vez los comerciantes japoneses enviaban sus mercancías a China. Al igual que pasaba con Corea, este comercio podía quedar interrumpido, principalmente por la piratería o porque los gobernantes chinos decidiesen cerrar las fronteras al comercio externo.

Pero el comercio japonés no se limitaba sólo a sus vecinos más cercanos. Los registros de los primeros españoles llegados a Filipinas dan testimonio de la presencia de comerciantes japoneses en Luzón. Esta isla era un importante punto de encuentro para los comerciantes de distintas regiones de todo el Extremo Oriente, pues no solo iban japoneses, sino también chinos, filipinos, javaneses, siameses, etc.

Contrariamente a las políticas de aislamiento decretadas por el tercer Shogún de la dinastía Tokugawa, el fundador de dicho linaje llevó a cabo una intensa actividad diplomática con tal de potenciar el comercio extranjero. A principio del siglo XVII se establecieron factorías comerciales japonesas en el Sur-este asiático e Indochina. A su vez, para garantizar el control estatal del comercio exterior, se estableció que los mercaderes japoneses debían llevar unos documentos sellados con tinta roja, conocidos como cartas con el sello rojo, que indicaban que su poseedor tenía licencia para comerciar. Llegó incluso a establecer una ruta comercial con Nueva España, enlazando Japón con el puerto de Acapulco.

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Buque mercante japonés del siglo XVII.

Todo esto cambió cuando el tercer Shogún Tokugawa, Iemitsu, bajo el pretexto de mantener el orden y la seguridad interna, emitió los edictos de aislamiento. Se dio un breve periodo para que todo los extranjero, especialmente los europeo, abandonara las islas niponas. Los japoneses no podían ya abandonar el archipiélago y, a su vez, aquellos que estaban fuera no podían volver. Infringir estas normas se penaba con la muerte.

Tan solo los holandeses y los chinos podían mantener, de manera oficial y reconocida, un pequeño comercio con Japón. Se estableció una factoría comercial holandesa en Dejima, Hiroshima, donde los holandeses podían llevar a cabo sus actividades mercantiles con Japón, siempre bajo el estricto control de las autoridades niponas. Estas dos excepciones se pueden explicar debido a que los holandeses no intentaban evangelizar Japón, solo tenían interés en el comercio, por lo tanto no eran vistos como un peligro potencial para la estabilidad interna. En el caso de los chinos, podría ser por que para Japón, seguía siendo el principal país del mundo. No podemos pasar por alto que los lideres japoneses fuesen conscientes de la necesidad del comercio exterior, aunque fuese reducido.

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La bahía de Nagasaki. Se puede apreciar la isla de Dejima (tiene la bandera holandesa), un buque holandés y algunos junkos chinos.

Hemos de tener en cuenta que pese a la idea de que el Sakoku rompía con todo comercio exterior, esto no es del todo cierto. La prohibición estaba dirigida sobretodo los intercambios con europeos, que quedaban limitados a los reducidos intercambios con los holandeses. Pero a parte del comercio oficial con los holandeses en Dejima, encontramos tres puntos importantes de comercio y contacto con el exterior con otros asiáticos.

El primero de estos es el estrecho de Tsushima. Como se ha señalado antes, era la principal ruta de comercio entre Japón y Corea. Las autoridades shogunales permitieron al clan Sô seguir con el comercio con los coreanos. Es posible que dado que la economía local estaba estrechamente ligada a esta actividad las autoridades oficiales reconocieran que prohibir, reducir o controlar excesivamente el comercio con Corea podía tener un efecto negativo muy fuerte en la región y provocar tensiones innecesarias.

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Situación de la Isla de Tsushima, justo entre en el centro del estrecho homónimo. Su situación estratégica le permitía ser un punto clave para el comercio entre Japón y Corea.

El siguiente punto de conexión y comercio entre Japón y el exterior son las islas Ryûkyû, al sur de las principales islas del archipiélago nipón. Conformaban un reino vasallo de China hasta que el shogunato concedió al clan Satsuma el derecho a conquistarlas y administrarlas. En el año 1609 dicho clan lanzó su campaña de conquista y paso a administrarlas de forma oficial y efectiva. Los Satsuma aprovecharon la lejanía de la corte y el hecho de que las Ryûkyû estaban bajo su jurisdicción y no de la del Shogún para lucrarse con el comercio exterior, especialmente con mercaderes Chinos que iban a comerciar a esas islas.

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Mapa de las Islas Ryûkyû. Se puede apreciar que algunas de sus islas están más cerca de Taiwan y China que del resto de Japón.

El último de los puntos de comercio exterior era la isla de Ezo, hoy Hokkaido. En el periodo Tokugawa aún no estaba bajo control de Japón, pero había una serie de puertos y establecimientos japoneses en el sur de la isla, siendo el más importante de ellos la moderna Hakodate. El clan Matsumae fue asignado para administrar estas colonias niponas. Más al norte de Hakodate no se consideraba territorio japonés, por lo que podría decirse que era su única frontera terrestre. Ezo estaba habitada por clanes nativos, hoy conocidos como Ainus. Estos empezaron a llevar a cabo un considerable comercio con los colonos japoneses. A su vez, se sabe que tenían contactos comerciales con el continente asiático, llegando a actuar de intermediarios entre los japoneses y las rutas comerciales continentales. Uno de los productos más llamativos que llegó a Japón a través de dicho comercio serían unas telas conocidas como ezonishiki, tejidos azules o amarillos, decorados con hilos dorados o plateados. Los Ainu los intercambiaban con comerciantes que los traían de China, y luego los volvían a intercambiar con los japoneses. Los ezonishiki que se conservan son considerados autenticas reliquias.

Ezonishiki amarillo decorado con dragones.

Respecto a los productos que se comerciaban por estas 4 rutas, destaca la importación de seda y artículos de lujo por parte de los japoneses, como perfumes, medicamentos o marfiles. En cambio, de Japón los mercaderes extranjeros solían llevarse cerámica, laca o metales preciosos como la plata y el oro.

Podemos concluir que pese a la idea de aislamiento y cierre de fronteras que se suele asociarse al periodo Tokugawa, esto no fue del todo cierto. Hubo una cierta permeabilidad, pues por diversos motivos los gobernantes nipones eran conscientes que un aislamiento total podía ser contraproducente. Cerrarse totalmente podía afectar a la economía de algunas regiones periféricas y provocar escacez de algunos productos tradicionalmente importados. También era necesario tener un mínimo contacto externo para recabar información sobre la situación en el exterior y poder así valorar y afrontar posibles amenazas.

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